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El triangulo de las Bermudas en Colón Sur. Ahogarnos en nuestro desatino
Hasta hoy, el tema del café literario, o mejor, para no desvirtuar el tablón que lo anuncia, la casa de las infusiones, ha sido tratado por la prensa local, pero quedó sin seguimiento, tal vez por aquello que he comentado en otras ocasiones, la censura.
La verdad es que cada día, la situación va de mal en peor, me referiré aquí al triángulo escaleno de Colón Sur y Máximo Gómez –tal es la dirección real– que conforman los tres establecimientos, pertenecientes a la empresa de Comercio: Casa de las Infusiones, Hamburguesería y Dulcería. En este caso reseñaré solo los dos primeros.
Soy un cliente fiel, como yo, de manera regular me acompaña algún amigo a quien invito o me invita, pero en los últimos meses, hemos perdido el gusto por visitar la hambuguesería, el servicio es demorado, tanto que podemos reinstalar todo el disco duro de un ordenador mientras esperamos por el servicio, los dependientes son lentos y por lo general, el trato es ineficiente en cuanto a que se trata de un gastronómico, alguien que trabaja con público, eso, contando también porque con el cambio de turno, casi nunca el equipo que empieza abre realmente a la hora anunciada.
De ello hay poco que objetar, porque al no ser por la forzada situación de encontrar algo rápido que merendar para volver al trabajo o porque vamos de paso, allí se llegó al máximo de la ineficiencia.
Un caso muy similar, pero más complicado es justo enfrente. El café literario, para algunos, o la Casa de las Infusiones para sus administrativos, no acaba o no quiere asumir el rol social que realmente le pertenece.
No se trata solo de vender café, té, o cualquier otra infusión en su variedad, siquiera la nueva vallija y pintura que necesitaban y de cierto le dan vida al lugar. Otras cuestiones hacen del sitio un organismo en degeneración; se trata de aceptar que un café literario no se hace con prohibiciones.
El cambio de mobiliario no favoreció del todo, antes las mesas no solo permitían acomodarnos como quisiéramos, con el grupo de nuestro agrado. Se rompen sí, como todo lo fabricado por el hombre para un tiempo limitado con o sin conciencia, pero el cambio no fue mejor.
El mobiliario actual no solo impide la comunicación, pues parecen más dispuestas para jugar una simultánea de ajedrez que para el hecho de beber una infusión en la complicidad de las conversaciones, sino también que cuando el grupo es de cinco, no de cuatro como tienen contabilizado por defecto, entonces la familia se fragmenta y esto, sabemos, que es fatal.
De otro lado, están los dependientes encargados de custodiar la puerta que prohíben la estancia de pie dentro del recinto, cuando bien podría turnarse el asiento entre los grupos que asisten por costumbre. Allí también se corre el síndrome de la demora, con una máquina reparada que a pesar de la medida expende más un líquido oscuro que el café aromático y reparador que conocemos.
Varios de los equipos que allí trabajan dan lo mejor de sí, pero a veces es imposible desde mi posición de consumidor, aceptar la justificación a la ineficiencia. Que la máquina sea vieja sin poderle sacar el potencial requerido, que las sillas sean ortopédicas, que la administración prohíba la estancia de pie dentro del local, que en ocasiones el servicio sea demorado y en la generalidad de mala calidad, no justifica bajo ningún argumento la diaria decadencia, ni la falta de objetividad para enfrentar lo más básico de la ley de oferta y demanda.
Además de los artistas allí asiste otro público, tan variado y heterogéneo como el primero que necesita el recreo y esparcimiento para el que este inmueble fue rediseñado en la actualidad.
El nombre lo hace la gente, el público, y en verdad, no le queda lo de Infusiones, tal vez Café Baragaño, como lo bautizaran los promotores y espacios culturales que allí se desarrollan. Además de poético, como café literario al fin, es también rendir homenaje al poeta de la ciudad, José Álvarez Baragaño.
Los pinareños llevamos, nos guste o no, un “cartel” doquiera transitamos, pero son estas las cosas que obligan a que no se acabe la tradición, el dicho, el hecho mismo de confrontar con antagonismo nuestra realidad.
Nos va quedando aprender a luchar por lo que en verdad queremos, lo que vale y brilla por su calidad, eficiencia, responsabilidad ante la tarea que se nos asigna.
Ejemplos como el triángulo escaleno de Colón Sur y Máximo Gómez, sobran en Pinar del Río, comienza ya, de urgencia la hora del despertar o terminaremos por ahogarnos en nuestro desatino.
Gustav
Desde que tengo memoria, no recuerdo haber vivido un huracán como Gustav; el panorama es sencillamente devastador.
Los mayores hablan del 44, sin embargo no hay tiempo mejor que el que nos toca vivir. Por suerte, no hubo pérdida de vidas humanas que lamentar, eso sí, demasiado desastre natural, una gran parte de lo cosechado durante años por manos trabajadoras y constantes, se ha perdido.
Después de las imágenes que la televisión cubana ha transmitido una y otra vez, no puedo más que solidarizarme –como buen cubano– con aquellos que hoy vuelven a empezar.
Me es imposible, sobre este tema, cualquier otro comentario
